Capítulo 9 - Adeptos

51 0 1

9 - Adeptos

 

Fue en una fiesta de mi antiguo grupo de universidad donde por primera vez probé la marihuana, me reuní con varios compañeros en unas cabañas con la excusa de celebrar haber terminado nuestro primer año de carrera, varios tenían materias reprobadas, pero nadie estaba ahí para juzgar. Y fue en esa misma reunión donde llevé algo de mi música, ya que Francis, un chico que en su momento consideraba amigo no paró de insistir, esto después de que presenté una canción como proyecto final en una clase de producción digital, no fui el único que tuvo la misma idea, pero sí al que Francis pidió ser DJ en su fiesta.

Fran, como todos le decían, era muy conocido en la universidad. Carita, hijo de senadores. Él mismo fue quien rentó las cabañas y equipó la fiesta con alcohol y porquerías.

Tuve tremenda erección cuando vi el equipo de sonido instalado. En el momento en que escuché la fidelidad del sonido casi eyaculo en mis pantalones.

Ya estaba algo pedo al momento en que alguien sacó un paquete de marihuana, tampoco me di cuenta de cuando el porro llegó a mis manos, tan solo recuerdo estarle dando un par de caladas.

Oír e imaginar la experiencia de tu primer viaje es muy diferente a vivirla.

Perdí la noción del tiempo y de todo a mi alrededor. Sentí que me desprendía de mi cuerpo y que mi mente divagaba sin sentido. En algún punto, acabé aferrado al tronco de un árbol de lo asustado que me puse; pensaba que en cualquier momento saldría flotando por el aire y nadie podría alcanzarme. Después de aquella vez nunca volví a tener un viaje tan intenso y me quedó claro que no debo mezclar alcohol con marihuana.

Aun a la fecha, seguía recordando los vídeos educativos que ponían en preparatoria, aquellos en donde advertían de los peligros de las drogas, y de cómo podían licuarte el cerebro hasta el punto de hacerte ver mamadas. ¿Será que no estaban tan equivocados?, ¿por fin me jodí el cerebro de tanto quemarle los pies al diablo?, ¿o por qué chingados vi a esa chica de nuevo. Desapareció en el viento, ¡justo frente a mis ojos!

Seguí dando zancadas sin rumbo, solo buscaba alejarme.

Abrí una de mis sudorosas manos y vi el par de plumas, las mismas que quedaron atrás después de que desapareció la chica. Casi escuché el sonido de mi cerebro arrancando después de que caí en cuenta que AÚN sostenía esas condenadas plumas. Sacudí la mano dejándolas caer al suelo, eran plumas artificiales, en efecto, pero reales, estaban ahí, no las imaginé.

¿Qué explicación podía dar? ¿Cómo fue que una morra random apareció y desapareció entre parpadeos?, ¿y cómo es posible que pueda andar semidesnuda a estas temperaturas? Para mi era difícil no estremecerme de vez en cuando aun con suéter.

Mi corazón chocaba tan fuerte contra mi esternón que temía que saliera disparado de mi pecho, a pesar de eso, no bajaba mí velocidad.

En comparación a mi piel empapada en sudor, mi boca se sentía tan seca que empecé a toser.

Seguí andando sin rumbo por un buen rato hasta que llegué a mi límite. Me detuve y recargué en una esquina. Miré las placas metálicas atornilladas en la pared: calle Fluorita y calle Diatomita.

«Ni perra idea», pensé, pero sonaba muy lejos del departamento de tía Susana. Me arrepentí de no haber prestado atención por donde corría, aunque recordaba haber visto algunas cortinas moverse entre las casas, como si se estuvieran asomando desde el interior, pero entre la fumada y el subidón de adrenalina, supuse que solo era mi paranoia.

Me sostuve de la forja de una ventana cuando volvió mi ataque de tos. Al terminar respiré hondo antes de soltar un escupitajo. Trataba de concentrarme en respirar hondo cuando sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, había aparecido esa sensación extraña e ilógica de cuando siente que alguien te está mirando.

Al levantar mis ojos me encontré con el rostro de un hombre, me observaba desde detrás de unas cortinas deslavadas. Sus ojos se veían desorbitados, amarillentos e inyectados en sangre.

Me alejé dando pasos hacia atrás. Lo primero que pensé fue que aquel hombre estaba molesto, que mi tos lo había despertado y era la razón detrás de su mirada aterradora, pero igual tardé poco en intuir que algo en ese hombre no estaba bien.

Las arrugas en su frente evidenciaban su edad, aunque parecía enfermo. Sus cejas temblaban a la par de sus ojos que ahora podía notar que estaban dilatados. La piel reseca de sus labios se partió cuando extendió una sonrisa incompleta.

—¿También viniste a ver a Dumah? —preguntó con voz temblorosa, antes de soltar una risilla maníaca.

Colocó una mano sobre el cristal, revelando unas enrojecidas llagas en su piel. La ventana quedó manchada de sangre y pus.

Mi corazón volvió a acelerarse y di más pasos hacia atrás de forma torpe. Caí de espaldas a la calle dejando escapar todo el aire en mis pulmones.

Tan pronto recuperé mis sentidos, vi cómo la calle se fue llenando de persona tras persona. Las puertas y ventanas que antes permanecían cerradas de pronto empezaron a abrirse, todos los que salían tenían un aspecto similar al del hombre: rostros neuróticos, sonrisas desencajadas, y llagas que se extendían por cada por cada porción de piel visible.

El efecto de la marihuana se bajó por completo.

Mis músculos se congelaron, ni una sola fibra respondía a las alertas de peligro que mi cerebro no dejaba de enviar. Después de mucho esfuerzo pude ponerme en pie aunque con la sensación de que mis piernas se habían vuelto gelatina. Me quedé helado cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro. Casi podía saborear mi corazón palpitando en mi garganta cuando me obligué a dar media vuelta, ni siquiera tenía idea de lo que me esperaría encontrar, pero en definitiva no esperaba ver mi reflejo deformado sobre una superficie irregular chapada en oro. Mi cerbero estaba hecho papilla, los destellos dorados en mi imagen distorsionada me mantuvieron hipnotizado por segundos que se sintieron horas.

En cierto punto traté de convencerme de que, a lo mejor, se trataba de otro sueño. Podría ser posible que ni siquiera me había despertado y aún seguía dormido en el departamento de tía Susana… o en el tren.

Solté una risita nerviosa que terminó sonando como un un agudo silbido a causa de mi garganta inflamada.

«Estoy soñando, sí, seguro sigo dormido» Me repetía en mi cabeza, mientras me limpiaba de forma frenética el sudor de mis manos contra mi pantalón.

Con cada soplo de aire, mi mantra de autoengaño se iba desmoronando al mismo tiempo que la manta dorada que me reflejaba caía con suavidad al suelo.

La sangre de mi cuerpo se desplomó cuando se reveló lo que había estado escondido bajo la capa: una mujer -o algo cercano a su definición-. Esta tenía un rostro raquítico; una piel tan delgada y seca como el papel cubría unos músculos que parecía que apenas y se sujetaban a sus huesos. De no haber sido por el movimiento de sus labios que formaban una espeluznante sonrisa, hubiera creído que se trataba de un cadáver.

Un fétido aroma floral me golpeó el rostro en el momento en que la mujer soltó unas palabras.

—No deberías estar vagando tan tarde... y tan lejos —expresión acercando su mano ulcerada a mi rostro, pasó sus dedos por la línea de mi mandíbula de manera delicada—, no sería bueno arruinar tan bello recipiente... no después de tantos rotos.

Lo que antes fue una calle desierta ahora estaba llena de actividad. La gente seguía apareciendo, pero en vez de los típicos pobladores de provincia lo que se veía era algo parecido a un montón de leprosos: gente llena de pústulas que escurrían porquerías. Cada persona mostraba un aspecto más deplorable que la anterior y yo mientras temblaba como chihuahua asustado.

El cadáver que en ningún momento dejó de sostener mi hombro, volvió a acariciarme. El tacto de sus esmirriados dedos era tan helado que incrementó los escalofríos de mi cuerpo de forma violenta.

Los huecos en su piel se veían tan profundos que resultaba difícil creer que no sintiera dolor. Su nariz necrosada era solo un pedazo de carne podrida que apenas cubría un hueco húmedo en el centro de su rostro.

«¿Qué chingados está pasando? ¿Qué es toda esta pendejada?» me preguntaba mientras seguía intentando que mi cuerpo respondiera a mis órdenes.

Los dedos de la mujer recorrieron mis labios. Los apreté con fuerza al percibir la humedad de su carne expuesta. Si esto se trataba de un contagio, alguna clase de pandemia de la que nadie se había enterado, para ese punto de seguro ya estaba infectado. Ahogué un sollozo al imaginarme con un aspecto similar: esquelético y lleno de úlceras.

Una sensación de calor se formó en la base de mi ingle y bajó por el interior de mis piernas. ¿Cuántos años habrán pasado desde la última vez que me oriné en los pantalones? Ya no solo me sentía aterrado, también patético.

La rancia sonrisa de la mujer se extendió todavía más al notar mi accidente.

—Oh… tesoro, no hay razón para que tengas miedo. Deberías regocijarte por el honor que se te va a otorgar.

Acto seguido, guió la mano con la que estuvo acariciando mi rostro hasta mi entrepierna y apretó, solté un gemido de dolor. Llevó sus dedos hacia su boca donde los lamió de forma obscena.

—No se me ocurre mayor honor que se te de la oportunidad de abrir las puertas de Valparadiso —acercó su rostro a centímetros del mío.

El aroma putrefacto de su aliento logró hacerme reaccionar. Aparté a la esquelética mujer de un fuerte empujón arrojándola al suelo. Me arranqué a correr con todas las fuerzas que me dieron mis piernas, de nuevo, sin rumbo, lo único que me importaba era alejarme de ahí.

Por todas partes seguían apareciendo esos leprosos. Y si la situación no era lo suficientemente desquiciada, empezaron a cantar… la misma pinche canción del desfile…

No sé si fue el cielo mismo el que descendió, 

no sé si acaso sea un mensaje de Dios, 

de lo que estoy seguro es que la tierra de ángeles se ha llenado, 

anunciando que el momento es hoy.

Casi resbalo cuando al pasar por un cruce me di cuenta de una calle vacía, y no muy lejos una puerta entreabierta. Mis neuronas funcionaban entre cortocircuitos, así que sin pensarlo mucho aceleré mis zancadas hasta que esa misma puerta se encontró cerrada a mis espaldas. No tuve ganas de asegurarme de que nadie me siguiera, solo corrí los pestillos a base de manotazos, y finalmente me dejé caer al suelo.

Mis piernas palpitaban de dolor, y con cada bocanada me ardían más mis pulmones.

Pasé minutos tirado en el suelo, boca arriba y con los brazos abiertos, esperando a que mi cabeza dejara de girar. Me sentía en un carrusel descontrolado, en el peor trip de mi vida.

Volví a sentir pánico, y abrí los ojos temiendo encontrarme con el rostro desfigurado de algún otro leproso, pero nada, lo único a mi alrededor fue el interior de una casa desconocida sumida en oscuridad.

Me incorporé con ayuda de unas cajas de madera que había junto a la puerta, pero al hacerlo una densa nube de polvo se levantó, atormentando mis ojos y nariz.

«Mierdera de pueblo y su puto problema con el polvo» pensé en mis adentros.

Con cuidado, me acerqué a una ventana por la que se colaba la luz del exterior y me asomé. Alcancé a ver a un par de esmirriadas figuras caminando al otro lado de la banqueta, les escuché reír y tuve que morder el interior de mi mejilla al contener el pánico. Me mantuve inmóvil, pensando que el más mínimo movimiento alertaría a los leprosos, volví a moverme cuando estuve seguro de que no había nadie afuera.

Al prestar atención a mi alrededor me percaté de que aquella casa parecía deshabitada, el tapete de polvo y las densas telarañas en el techo bastaban para confirmarlo. En el centro se hallaba una pequeña mesa de madera con un par de sillas, una alacena vacía al fondo, y un montón de cajas de madera como las que había junto a la puerta. Había un curioso aroma en el aire, algo que me recordaba al aire que se respiraba en el interior del departamento de tía Susana, pero no podía estar seguro de las conexiones que hacía mi cerebro en este momento, no después de la locura que vi afuera en las calles, aun no me lo creía. Por alguna razón recordé el polvo que apareció alrededor de mi cama del departamento.

Al fondo había un umbral que daba a otra habitación, pero la densa oscuridad impedía ver más allá.

Me senté en una de las sillas y traté de pensar mis opciones. ¿Qué hacer?, ¿cómo actuar, pero me era imposible pensar con claridad. Seguía repitiendo cada tanto que todo era un sueño, que aún no había logrado despertarme.

—De seguro todas estas pendejadas son por esas funciones de homenaje a David Lynch de la semana pasada —murmuré después de buscar una excusa, aun con la idea de que estaba dormido. Era eso o aceptar que Zan Mar Tyn estaba viviendo la más bizarra epidemia de lepra o sífilis y estaba atrapado en ella.

La realidad me golpeó en la cara. ¿Cómo estarían mamá y Rafa?, ¿se habrán topado lo mismo y por eso no regresaron temprano al departamento?

La avalancha de dudas fue tan abrumadora que tuve que pararme de la silla. Empecé a dar vueltas alrededor de la mesa.

Me vino el recuerdo de los ojos del hombre en la ventana, de la mujer esquelética, ambos dilatados, igual que los de un gato cazando a su presa. Se veían igual... a los de tía Susana, cuando la encontré en el pasillo.

«¿Eso es un síntoma?», me pregunté «¿Tía Susana también estará enferma?»

La urgencia de volver al departamento se desbordaba de mi interior, sentía necesidad llamar a la policía, a emergencias… a quien sea. Era ridículo pensar que nadie afuera del pueblo supiera de esto. Recordé las noticias que pasaban en las televisiones del tren, incluso en días anteriores los únicos reportajes relevantes eran de bombardeos en algún país de Ourebia u oriente medio y políticos preguntándoles a los de Aztlán si seguirían neutros en la guerra, las mismas mamadas de siempre.

Por largos minutos traté de envalentonarme para por fin salir y buscar el camino de regreso, pero cada que me asomaba , veía a algún otro grupo de leprosos caminando a lo lejos sin rumbo. Miré hacia el umbral del fondo, hacia la oscuridad, y sentí un filoso escalofrió que hacía años no sentía, de cuando de niño no me animaba a salir de noche, ni de mi cuarto.

Las casas de pueblo pueden ser engañosas desde afuera, una vez podrías sorprenderte de lo grandes y extensas que son. Imaginé que; con suerte, podría encontrar una puerta trasera, o una ventana por la que pudiera salir.

—Ya tienes veintitrés Miguel, déjate de pendejadas —me dije antes de tragar mi nudo de nervios y crucé la habitación.

Un sutil pero familiar aroma perfumado flotaba en el aire, y con cada paso que daba se hacía más evidente, más denso, más puro. Con forme avanzaba la oscuridad se iba densando hasta que ya no veía nada. Encendí la lampara de mi celular siendo el vapor de mi respiración lo primero que vi.

Crucé un par de habitaciones más, cada una más extensa que la anterior hasta que me topé con unas escaleras, unas que descendían en vez de subir. Motas del apestoso polvo flotaban en el aire y en este punto notaba como se veían montoncitos del mismo por el suelo, en especial en las esquinas. 

Las se notaban algo fuera de lugar, como si hubieran sido construidas en tiempos recientes.

Bien pudo haber sido porque ya no pensaba con lógica por consecuencia de tanto ruido en mi cabeza, bien pude haber dado vuelta y volver sobre mis pasos, como cualquier persona con un mínimo de sentido común…, pero se trataba de mí, un pendejo en burnout y estresado por haber sido asaltado sexualmente por un cadáver viviente.

Me acomodé el suéter de forma que lograra cubrí mi boca y nariz. Mientras descendía me iba preguntando «¿qué chingados estas haciendo?» Mi cubrebocas improvisado resultó inútil, el ardor en mis pulmones y mi tos se hacían cada vez más fuertes y frecuentes.

Abajo ya no había paredes, ni techo, ni suelo. Era como si alguien hubiera cavado de forma improvisada, el concreto apenas y cubría las superficies de manera irregular. El polvo abundaba más, junto con las cajas, estas se veían nuevas. Iluminé algunas notando un logo extraño que me provocó comezón en mi memoria: una M que sus puntas terminaban en forma de daga y con una gota roja escurriendo de una de estas. Recordé el pin en el gorro del auxiliar del tren, ¿era el mismo símbolo?

En otras cajas se leían algunas palabras, pero entre la oscuridad y el lagrimeo de mis ojos, solo pude distinguir: “Lirio bruto”.

A pesar de lo difícil que me resultaba respirar mi curiosidad fue más fuerte. Aguanté mi respiración y abrí una de las cajas, encontré una bolsa de plástico llena hasta el tope de ese condenado polvo, kilos y kilos de polvo.

«¿Pero qué vergas…?» me pregunté mientras me alejaba.

Casi tropiezo, volteé encontrándome con un montón de bultos apilados que parecían sacos de papas, estaban cubiertos por sábanas sucias y manchadas por lo que no quise comprobar.

Logré controlar algo de mi tos y seguí caminando sin entender por qué, a este punto pude haber regresado, de seguro las calles volvían estar solas pero ahí estaba yo metiéndome en quien sabe que mierda.

Algunos metros más adelante noté huellas impresas en el polvo, pero contrario a las que iba dejando estas parecían de alguien descalzo.

Apreté aún más el suéter contra mi boca y nariz, como si en verdad me estuviera funcionando.

Y entonces lo oí, el eco de esa melodía que al igual que el perfume ya me resultaba familiar.

Acércate, hermano, regocíjate,

estas son las palabras del gran ángel Dumah,

ángel de los sueños y el silencio.

Aquel que sin palabras es capaz de guiar tu alma.

A este punto ya no sabía si mi incapacidad para respirar se debía al horrible olor floral o por el pánico que borboteaba desde mi estómago y presionaba mi diafragma. La falta de oxígeno enturbiaba aún más mis pensamientos.

Cuando menos me di cuenta, llegué al fondo del túnel: el lugar de donde provenía la música. Una línea de luz se colaba por entre la abertura inferior de una puerta. Escuché voces.

Entre respiraciones entrecortadas e intentos de contener mi tos me dejé resbalar contra de una columna.

«Miguel pendejo, ¿en qué  estabas pensando?»

¡Oh! sabio Dumah, ¡Oh! ángel hermoso.

Enseñame tus secretos,

enseñame tu universo.

Quiero aprender a ver sin ojos,

quiero aprender a oír sin oídos.

Las lágrimas resbalaron por mis mejillas en cuanto ya no me fue posible controlar mi tos. Traté de acallarla con mi manga pero al final salió con violencia.

Las voces dejaron de cantar aunque la música siguió sonando, una radio de seguro.

Después de segundos que parecieron eones volvió a haber ruido al otro lado de la puerta, murmullos atropellados y pisadas. Una siluetas se fue alargando por debajo de la puerta mientras los pasos se acercaban.

Me arrastré hasta llegar a un montón de bultos apilados, levanté una de las sábanas sucias y me metí debajo en posición fetal mientras rogaba al universo porque nadie se dieran cuenta de mi presencia.

La puerta se azotó.

Me aferraba a la sábana con manos temblorosas mientras trataba de asegurarme de que ninguna de mis extremidades quedara expuesta. Dentro del enjambre de avispas que se había convertido mi cerebro comenzaba a rondar la idea de que no saldría vivo de ahí, que aquella fosa de polvo se convertiría en mi tumba.

La tela tenía un montón de agujeros pequeños, logré alinear uno de mis ojos con una de estas aberturas. No lograba ver bien, pero la luz que producían un par de lamparas iluminaba una figura encorvada y esquelética, como las de las calles, esta se movió de forma tosca buscando el origen del ruido.

Sus brazos y piernas se veían tan delgados que daba la impresión de que se desplomaría en cualquier momento, parecía capaz de romperse con el más mínimo esfuerzo, igual que una rama seca. En una mano agitaba algo, un ennegrecido cuchillo de carnicero.

—Hmmm… El lirio sigue jugando con mi cabeza —escuché decir al leproso.

—¡Hey, cabrón! Aún no terminas de ayudarme con esto —demandó alguien desde el otro cuarto—. Aún nos faltan por cumplir la demandas de Don Soros. En estos días volverán a intentar bajar otro sefirá

El leproso dio un largo vistazo a su alrededor antes de regresar y cerrar la puerta.

La música de la radio incrementó su volumen, pero sobre este se alcanzaban a oír ruidos sordos y húmedos, como el ruido de una fruta siendo aplastada.

Necesitaba irme a la chingada, salir de ahí. Ya no me importaba si en las calles aun habían leprosos, al menos ahí afuera tenía opciones de a dónde correr, y más importante aún, afuera podía respirar.

Aparté la tela que me estuvo protegiendo y me apoyé en algo que creí eran un montón de piedras o raíces. Ni siquiera había terminado de levantarme cuando me paralicé ante la inconfundible sensación de unos dedos bajo mi mano. Sentí cada gota de sudor escurriendo por mi espalda, el miedo me sacudió aún más cuando escuché unos sollozos aunque poco tardé en darme cuenta que eran míos.

Volví a encender la lámpara de mi celular, a pesar de que ya intuía lo que encontraría, un cuerpo podrido, y bajo este un montón más, uno apilado sobre otro. Algunos rebanados en partes dentro de sacos. Los bultos que vi antes eran eso, cadáveres. El lugar debería de apestar como la puta madre pero apenas y era capaz de respirar.

Entre todas las maquinaciones de mi cabeza y el montón de carne humana distinguí un pequeño cuerpo, sin casi ningún signo de descomposición, con las extremidades íntegras. A pesar de las evidentes diferencias no pude evitar proyectar a mi hermano. Por poco y grito su nombre.

En otro cadáver, uno que solo se trataba de un torso con el pecho abierto, no se le veían vísceras, en su lugar habían un montón de cristales blanquecinos y rojizos, como si fuera una geoda macabra.

En definitiva, ya no era capaz de distinguir la realidad.

Al fin me levanté entre un ataque de tos y movimientos bruscos, al poco tiempo la puerta volvió a abrirse con un portazo. La figura raquítica de antes volvía a estar en el umbral, desnuda, algo que no noté cuando estuve bajo la sábana.

Su piel amarillenta se veía mapeada por llagas y zonas mutiladas. En su mano sostenía el cuchillo de carnicero, escurriendo en sangre. A sus espaldas apareció otro leproso, con la diferencia de que este portaba una tela dorada como la mujer de la calle.

—Vaya… pero si es... —habló el leproso de capa. Apartó a su compañero para poder cruzar la puerta—, ¿desesperado por ya contener la belleza? —preguntó con una voz que, de no ser por la sonrisa maníaca que mostraba juraría que pertenecía a alguien moribundo—. Aguanta muchacho, aun no estás listo.

Me invadieron unas fuertes arcadas en el momento que vi la masa amorfa de lo que en algún momento fueron sus genitales, hilachas de carne viva entremezcladas con cuajos de pus.

En cierto momento sentí mis piernas reaccionar. De alguna forma logré regresar y subir las escaleras entre golpes y resbalones. Fue inevitable sonreír cuando vi la puerta que daba a la calle. La abrí sin importar toparme con más leprosos, aunque lo que encontré fue totalmente distinto.

Frente a mí se hallaba la rubia de antes, la misma que apareció en mi foto y la que después vi desvanecerse en el aire. Permanecía de pie, inexpresiva, con los ojos cerrados. A sus costados, la acompañaban un par de muchachos, también sin mostrar sus miradas.

Los tres vestían las mismas gasas blancas que apenas les cubrían, portaban las mismas alas y aureolas metálicas. Como un extraño elenco de pastorala.

La escena me hizo olvidar por completo de los cadáveres andantes que venían pisándome los talones. La nariz dejó de moquearme, y mis pulmones ya no me ardían. En su lugar, era capaz de oler un aroma cítrico… y algo parecido al ozono. Comencé a sentir estática erizándome cada vello de mi cuerpo.

La chica abrió sus ojos. En vez de encontrarme con unos iris que imaginé serían claros lo que vi fue un par de centellas doradas, ambas fulgurando desde cada una de sus cuencas, tan intensas que parecía estar viendo el interior de unas fraguas de oro.

Aquella imagen, de alguna forma, me pareció hermosa… hipnótica. Dejó mi mente en blanco, formateada de cualquier emoción o pensamiento.

—No eres igual que nosotros —escuché una voz melodiosa decir desde una esquina de mi cabeza—, tú aun puedes salir de aquí.

Los tres ángeles me tomaron con suavidad, jalándome hacia el exterior.

Lo último en mi conciencia fue la sensación de ser envuelto en un abrazo mientras me perdía dentro de una mixtura de calidez. Me sentí tranquilo, a salvo, junto con un cúmulo de emociones que hasta el momento ni siquiera sabía que existían.

Antes de perder la conciencia y por alguna razón desconocida, a mi mente vino el recuerdo de aquella visita a la iglesia que hice con mamá, cuando mi padre estuvo internado después de su accidente. La figura de aquél santo a pesar de tener una postura que a simple vista se veía dolorosa su rostro y expresiones mostraban lo contrario, éxtasis.

A mi alrededor danzaron estrellas doradas que me custodiaron mientras me fui sumergiendo dentro de un mar de incertidumbre.

Please Login in order to comment!
Jan 22, 2026 00:25

Wow… this chapter gripped me from the very first line and didn’t let go! Your writing has such an intense, visceral energy I could feel every heartbeat, every gasp, and every shiver of fear right alongside the narrator. The way you balance horror, surrealism, and fleeting moments of awe is absolutely masterful; I was both terrified and mesmerized at the same time. The angels at the end gave me chills of wonder after all that chaos so beautifully haunting! I’m dying to know, what will happen when the narrator wakes up from this encounter, and how will it change the way they see the world around them?

Jan 22, 2026 02:56 by Adam Ferret

I'm so glad that you're enjoying this story, it truly encourage me to keep writing. I'll be updating frecuently since I have over 30 chapters completed, but I want to clean up and correct them as best as possible, mostly because I didn't expect this story to reach not native spanish speakers.   Hope to read you soon.

Jan 22, 2026 19:49

That’s wonderful to hear! I really appreciate the care you’re putting into it, and I’m looking forward to reading more as you update. Also, do you have another place where readers can talk with you about your writing?

Jan 22, 2026 20:08 by Adam Ferret

I'm not a social media guy to be honest, but I just uploaded my discord qr on my profile. Although I mostly use it when I play online. I guess you can hit me there.

Jan 23, 2026 01:16

Sent you message there please check it