Capítulo 12 - Aneurisma

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12 - Aneurisma

 

Hay cosas que se quedan grabadas en tus recuerdos sin importar los años que pasan. En mi caso, cuando casi muero ahogado en una alberca.

Debía tener siete u ocho años cuando mis padres me inscribieron en un campamento de verano. Salí de mi último día de clases con la emoción de que tendría más de cuatro semanas en las que no me despegaría de la computadora ni de mis videojuegos, pero en menos de lo que pude asimilar, mis padres ya me habían dejado en una enorme club campestre a kilómetros de Palenque, habían decidido sin consultarme

Ni siquiera pasó un día antes de que ya tuviera sobre mi espalda a un grupo de niños pendejos que no dejaban de molestar a todo mundo. Uno de ellos era hijo de una de las compañeras de trabajo de mi mamá en la universidad, la misma que le recomendó inscribirme en ese lugar.

Todavía era la primera semana cuando esos zoquetes me obligaron a acompañarlos al área de las albercas. A pesar de que estábamos a mediados de julio, el área se encontraba cerrada a causa de unas tolvaneras que no habían dejado de azotar Palenque y sus alrededores. El cielo se veía oscuro, pero en vez de aguaceros, lo que arrojaba eran fuertes vientos cargados de tierra. Tiempos raros, la verdad.

Todas las piscinas se hallaban cubiertas con unas lonas negras en las cuales su superficies húmedas reflejaba el furioso movimiento de las nubes creando patrones extraños.

La razón por la que fui arrastrado a ese lugar fue para retarme a correr sobre una de esas mantas plásticas. Los muy imbéciles decían que ellos ya lo habían hecho y que si yo lo lograba, podría ser parte de su grupo… ¿en qué perro momento di a entender que yo quería estar cerca de ellos?, eran insoportables, el típico estereotipo de hijos de familia privilegiada, que nunca han sido castigados, los que no entienden un no por respuesta. 

No les hacía sentido que un niño de tez morena fuera hijo de un extranjero blanco y con dinero.

—Eres un mentiroso. Alguien tan prieto como tú no podría tener un papá columbino.

Cuando oí ese comentario se me hirvió la sangre, aun así, me daba miedo iniciar una pelea. Había visto cómo molestaban a otros niños, a uno lo encerraron en un almacén durante horas solo porque les ganó en una competencia del campamento.

Nervioso, me negué a hacer su estúpido reto, no les creía que ellos ya lo hubieran hecho, y en segundo… en verdad les tenía miedo. 

Solo di unos cuantos pasos hacia la salida antes de sentir varias manos jalándome desde la espalda. Fui arrojado hacia la alberca.

La tormenta en el cielo y la sensación de la lona aplastándome mientras la gravedad me arrastraba al fondo fue lo que más quedó impreso en mi memoria. El agua se fue filtrando hacia mi garganta. Por varios minutos aún era capaz de escuchar, bien pudieron haber sido risas o gritos hasta que ya no fui capaz de oír ni ver nada, solo una negrura húmeda y enclaustrante.

De la completa oscuridad pasé a una sutil iluminación provocada por una serie de pequeños soles: seis estrellas doradas que giraban a mi alrededor. La ansiedad del recuerdo se desvaneció. Me sentí en calma, embelesado, aunque estas sensaciones no duraron mucho. Las estrellas se alejaron poco a poco hasta dejarme de nuevo en soledad.

Me ardían los pulmones. La angustia por respirar era insoportable. Trataba por todos los medios posibles de que mi cuerpo reaccionara hasta que por fin pude abrir los ojos.

El escozor del aire se abrió paso por mi tráquea, la presión en mis costillas desapareció dejando solo una sensación incómoda.

Mientras mi cuerpo aún agonizaba por la falta de oxígeno mi vista se fue enfocando.

No se por qué esperé encontrarme con las manchas de pintura descarapelada en el techo de mi cuarto que compartía con Rafa en Palenque. En vez de eso, lo que vi fue el techo del departamento de tía Susana.

Permanecí recostado, reflexionando sobre lo frecuente que se estaba volviendo esto; despertar alterado después de una pesadilla… o recuerdo.

A mi cabeza llegaron un bombardeo de imágenes: los leprosos, aquella casa llena de cuerpos mutilados, las bolsas de polvo… ¿qué decían las cajas? ¿Lirio...? Y otra vez esa morra con alas… aunque ahora traía compañía.

«Debería considerar buscar un psiquiatra apenas volvamos a Palenque.» Pensé «A lo mejor ya llegué al limite de mi estrés laboral y ya me está cobrando factura.»

Fruncí el ceño al darme cuenta de que no tenía ni la más remota idea de como fue que había llegado aquí… ¿Y por qué tuve ese recuerdo de donde casi me ahogo…?, últimamente estaba teniendo varios recuerdos que creí haber olvidado de mi infancia.

Me froté la cara.

Me dolía un chingo la cabeza, como si tuviera una resaca infernal, y eso que solo me fumé un mini cogollo. A lo mejor no debí guardar esa hierba en el zapato. Simón y sus ideas pendejas.

Me senté en la cama, y el tufazo de mi sudor me llegó de golpe. Si continuaba apestando la cama tía Susana terminará pidiéndome que duerma en el suelo.

Busqué mi celular entre las cobijas y almohadas, no lo vi conectado junto a la cama.

Vi algo moverse por el rabillo de mi ojo.

Di un brinco cuando me di cuenta que Rafael estaba sentado en una silla de la esquina del cuarto, abrazando sus piernas. Tenía mis audífonos puestos y mi celular entre sus manos. Solo estaba ahí observándome.

Me levanté, notando de inmediato el dolor en las piernas.

—Ey —dije después de levantarme y notar de inmediato el dolor en mis piernas. Me acerqué a las ventanas para correr las cortinas.

Me quedé viendo algunas de las callejuelas. La imagen de mi mismo huyendo de un montón de llagosos con sonrisas desencajadas me vino de inmediato a la cabeza, como escena de una de esas películas de zombies de clase b.

Vi a Rafa sentado en donde mismo a través del reflejo de la ventana. Se estaba tardando en echarme en cara todo lo que según él pude haberme perdido anoche. Imaginé que estaría molesto por no haberlo acompañado.

Fui hacia él con intención de desordenarle como solía hacer pero me detuve igual que lo hizo mi corazón por una fracción de segundo. Los ojos de Rafa café tostado se habían perdido detrás de unas pupilas dilatadas.

El momento en que intercambiamos miradas se sintió eterno.

Rafa bajó de la silla y la luz de la ventana le pegó de lleno en la cara en ese instante sus pupilas regresaron a la normalidad aunque su semblante siguió inexpresivo.

—¿Vas a abandonarnos? —preguntó con voz plana. Lejana. Como si alguien más estuviera hablando por él.

La pregunta me hizo reír. Pensé que era una broma, una de sus ocurrencias. Esperaba que se soltara a reír o dijera alguna babosada, pero su rostro seguía tan rígido como tallado en yeso.

—¿Vas a irte de la casa? —repitió, esta vez más demandante.

—¿De qué hablas, enano? —intenté romper el momento con una sonrisa—. Supongo que era muy tarde cuando regresé en la madrugada, ¿no? Ni me fijé la hora que era. Pero les dejé una nota en la mesa, ¿no la vieron?

Rafa siguió mirándome. Sus pupilas ya no abarcaban su iris, pero aun así… me recordó demasiado a la mirada que vi ayer en tía Susana.

—Hablaste dormido. Dijiste algo sobre irte.

Un sudor frío me recorrió la espalda.

Nunca llegué a mencionar lo del festival, cuidaba mucho de guardar ese secreto conmigo. ¿Era eso de lo que hablaba?, ¿vio algo en mi celular? A lo mejor leyó mis chats con Simón, él siempre mencionaba que le parecía mala idea prestarle tanto mi celular y la laptop a a mi hermano. Según él un día iba a encontrarse con algo indebido, aunque hacía mucho que yo había renunciado a mi privacidad, con eso a la posibilidad de disfrutar del porno y el sexting. Aunque, francamente hubiera preferido que lo que encontró fue una de alguna vieja o morro que algo referente a el plan de presentarme como telonero en el Jauja Fest.

—¿Vas a abandonarnos igual que papá?

Esa pregunta me hizo arder por dentro, ni siquiera me di cuenta del momento en el que alcé mi puño aunque logré detenerme a tiempo. Retrocedí, furioso pero avergonzado. Le arrebaté el celular desconectando el cable de los audífonos los cuales cayeron en algún lugar bajo la cama.

—Papá NO nos abandonó —remarqué dándole la espalda para ponerme a buscar ropa en mi maleta. Necesitaba hacer algo con mis manos.

El silencio cayó entre nosotros por lo que supuse que había asustado a Rafa, no solo con el volumen de mi voz sino también por que estuve a punto de golpearlo. Casi soy otro brinco al darme cuenta de que ahora se había movido al borde de la cama. ¿Desde cuándo se volvió tan sigiloso?

—La abuela dice que nunca hubo viaje de trabajo, que solo se fue porque ya no quería estar con nosotros.

—¡Que se chingue esa bruja!

El solo hecho de escuchar la mención de esa mujer bastó para volver a encender mis entrañas.

Me aferré al borde de las sábanas para intentar calmarme aunque lo único que logré fue que mis dedos se adormecieran por la presión.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me enojé así con mi hermano? Sí, era un niño emocional, fácil de hacer berrinches y solía llorara por muchas cosa, pero ahora estaba inexpresivo… como si le hubieran vaciado las emociones diciendo tales incoherencias.

Rafa se incorporó y se dirigió a la puerta mientras yo aun seguía atascado en mi huracán de pensamientos.

—Ya está el desayuno —dijo justo antes de abandonar el cuarto.

la tensión siguió flotando en el aire aun cuando mi hermano ya se había ido. Mi cabeza zumbaba igual que un enjambre de abejorros mientras trataba de entender lo que acababa de pasar.

Al tomar mi celular vi que el reproductor de música estaba en pausa, rafa encontró mi canción inconclusa…, la misma que mencionó Simón, la de los cantos gregorianos.

Rafa siempre se decía que era mi fan número uno junto con Simón, ellos eran los que me impulsaban a seguir creando mi música. Desde que me ofrecieron la oportunidad de tocar en el festival creí que Rafa me apoyaría, incluso ayudándome a convencer a mamá, una idea estúpida teniendo en cuenta la edad de Rafa. Pero… supongo que hasta en eso estaba equivocado.

Intencionalmente me tomé mi tiempo en la ducha. ¿Mi hermano ya le habrá contado a mamá?

Ya me esperaban en el comedor. Rafa, mamá y tía Susana, junto con los platos servidos y el vapor de estos aún flotando en el aire.

El desayuno fue incómodo. La mayor parte del tiempo solo me dediqué a observar a mi hermano, quien comía tranquilo, sin quejarse de nada, ni siquiera por las habas las cuales mamá se había rendido hace tiempo en hacer que las comiera. ¿Qué diablos…?

Intenté buscar su mirada, fijarme en sus pupilas, cuando por fin cruzamos ojos los suyos se veían normales, al igual que los de tía Susana.

De vez en cuando, ella les dirigía la palabra a mamá y a Rafa. Hacía preguntas y comentarios cómo: “¿Disfrutaron del festival?, ¿Se quedaron con ganas de hacer algo?” Las respuestas que recibía eran monosílabas. También llegó a lanzarme sutiles miradas acompañadas de sonrisas que me erizaron la piel. Observé sus brazos y manos notándolas limpias, sin llaga alguna.

Mamá era quien más me desconcertaba, apenas y tocaba su plato. Se veía ida, atrapada en sus pensamientos, ni siquiera reaccionaba a los intentos de conversación de su hermana. Se le veía cansada, o más bien... preocupada.

—Mamá, ¿mamá? —le palmeé la mano con suavidad.

Me miró, pero por un instante sentí que no me reconoció.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, claro —sonrió apretando mi mano.

—No has comido nada —señalé su plato—. ¿Te sientes mal?

Observó su comida como si apenas se diera cuenta de ella.

—Oh… vaya —levantó los ojos y se cruzó con la mirada de su hermana—. Creo que me excedí con la comida de anoche —sonrió otra vez—. Todavía me siento llena.

—Ya veo…

Me tranquilicé un poco al verla tomar unos sorbos de su café.

—¿A qué hora volvieron? —pregunté.

Mis palabras parecían ofuscarla, se perdía por momentos, miraba en todas direcciones, sobre todo en dirección de su hermana.

—Ya entrada la madrugada —respondió tía Susana—. Llegamos tan cansadas que fuimos directo a dormir. Quisimos avisarte, pero también te encontramos dormido.

El tenedor quedó a medio camino de mi boca.

—¿Dormido? —cuando cuestioné podría jurar que vi aparecer una sutil sonrisa entre sus labios, o un leve temblor. Asintió tomando su taza de café.

—¿Te parece extraño? —alcancé a notar un matiz de ironía.

Fui yo el que esta vez se quedó suspendido en pensamientos. Sus palabras hicieron cortocircuito en mis recuerdos. Había decidido por el momento dejar por la paz lo que creía haber vivido vi anoche, pero ahora las dudas volvían con la fuerza de una avalancha.

¿A qué hora llegué?, pero más importante… ¿cómo?

De pronto, recordé algo más. Saqué mi celular a toda prisa y casi vuelco mi plato en el proceso.

Abrí la galería y ahí estaban: las fotografías que tomé anoche, incluyendo la imagen glitcheada. Traté de abrirla, pero de inmediato saltó una notificación de error.

Me quedé helado aferrando mi celular.

Una intensa jaqueca me taladró el cerebro, tenía tantos deseos de volver a hundirme entre las sabanas como si al hacerlo me fuera a aislar de todas estas bizzaradas que estaba experimentando, pero aun estaba ese temor de que si me quedaba dormido volvería a tener esas horribles pesadillas.

—¿Pasa algo, Miguel? —preguntó tía Susana, sonando más inquisitiva que preocupada.

—Nada. Solo me dolió la cabeza, debí dormir demasiado —respondí después de haber guardado el celular—. Creo que ya me llené.

Me puse de pie levantando conmigo mi plato a medio terminar. Al cruzar hacia la cocina, alcancé a ver cómo tía Susana le hacía señas a mamá, parecía querer llamar su atención.

—¡Miguel! —dijo mamá—. Hoy iremos de nuevo a la casona.

—¿Ah, sí?

—Quisiera que esta vez nos acompañaras.

Dejé caer el plato en el fregadero con más fuerza de la debida, por un momento llegué a creer que se había roto.

—¿Perdón? —volví a preguntar.

—Sería bueno que saludaras a tus otros tíos y a la abuela. Además, no me parece correcto que te pases todas las vacaciones aquí encerrado.

Este día apenas comenzaba y ya había hecho suficientes corajes como para sufrir un aneurisma.

—¿Por qué no?, me la estoy pasando rebomba —dije con sarcasmo, tome la dura esponja y comencé a lavar mi plato.

La mano de mamá me estremeció cuando la sentí tocarme la espalda.

—Ayer pasé por mi vieja habitación y encontré algunas cosas que ni siquiera recordaba —sonrió, esta vez su sonrisa se sintió natural, tenía ese brillo habitual en sus ojos, sin rastro de dilatación—. ¿Recuerdas que te conté del catalejo que me regaló tu papá cuando andábamos de novios?

Asentí.

—Pues lo encontré entre un montón de cajas. Puedes quedártelo, pero solo si vienes con nosotros, no estaremos mucho tiempo, lo prometo. Seguro que después daremos otra vuelta por el festival, no te haría mal dar un paseo por la plaza. ¿Qué dices?

Cuando aún era un niño, mamá solía contarme historias sobre ella y papá, acerca de cómo se conocieron y de los regalos que se hacían entre ellos. Uno de esos y el que más recordaba con cariño era un viejo catalejo.

Cuando papá supo del gusto de mamá por las estrellas quiso impresionarla, pero como ingeniero en minas no sabía nada de astronomía ni telescopios. Cierto día llegó con mamá con un antiguo catalejo de latón que consiguió en una tienda de antigüedades, era funcional y todo pero mamá no pudo evitar reírse de su inocente ignorancia. Por supuesto que lo conservó y decía que vez en cuando lo usaba desde su balcón para observar las montañas, en las que se hallaban las minas Salazar.

Dejé de lavar mi plato y volví a asentir. Trataba de contener la emoción que me provocaba obtener algo relacionado con papá.

—Perfecto —dijo mientras me peinaba el cabello con sus uñas—. Alístate y carga un suéter, la casona sigue igual de helada que siempre.

Tía Susana entró a la cocina y tomó el teléfono de la pared, el mismo con el que ayer hablé con Simón.

—Avisaré que ya vamos para allá —expresó.

Rafa fue el último en dejar su plato en el fregadero. En comparación a su comportamiento en mi cuarto ahora era más o menos el niño que recordaba aunque aún había algo raro, no tosía, tampoco lo había visto sonarse la nariz. Supuse que mamá le habría dado su medicamento desde temprano, pero aun así resultaba extraño.

—En la plaza hay unos señores que te pasean en caballo por treinta cacaos —dijo mi hermano de pronto—. Ayer mamá no me dejó subirme solo, ¿te subes conmigo? —preguntó con una enorme sonrisa rogona.

Le sonreí en afirmación. Aún me hallaba medio perturbado por sus repentinos cambios de humor. Hice nota mental de revisar si alguno de sus medicamentos provocaba ese tipo de efectos secundarios.

—No olvides tu chaqueta, Rafael —le advirtió mamá.

—¡Voy! —salió corriendo de la cocina. Por instinto estuve a punto de salir disparado tras él, esperando a que empezaría a hiperventilarse, pero nada, siguió corriendo hasta que lo perdí de vista al doblar por el pasillo que daba a las habitaciones. ¿En algún momento lo había visto correr?

Busqué a mamá convencido de que estaría igual de muda por la angustia de ver a Rafa agitarse, pero la encontré ahora a ella en el fregadero, sumida de nuevo en sí misma mientras continuaba ella lavando los platos. Miraba el cielo matutino con una expresión vacía, como si aquello que acababa hacer Rafael fuera lo más irrelevante del mundo.

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