Capítulo 10 - Clínico

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10 - Clínico

 

Ludovic volvió a abrir los ojos para comprobar si ya habían dejado de mirarlo, pero no, al otro extremo de la sala de espera seguían los mismos ojos inquisitivos e indiscretos que se posaron en él desde que entró al ala galena. Se arrepintió de no haber recargado su celular antes de dormir, así que solo podía usar sus enormes auriculares fingiendo escuchar música. aunque en realidad, lo que lo mantenía atento era el pequeño grupo de reclutas que esperaban ser revisados por los galenos antes de continuar su entrenamiento en la academia. Identificó a uno de cuando estuvo observando la clase, a pesar de que en ese momento se hallaba en lo alto del anfiteatro reconoció su aura.

Sobrevivientes del crucero. Era obvio que la cofradía aprovecharía para reclutar folkloristas.

Cuando alguien descubre que los vampiros no son producto de la ficción, que también pueden ser líderes de mafias que se dedican a comerciar con armas y drogas que dejan a la ketamina como un suave dulce sin calorías, la realidad de esa persona puede colapsar, es como despertar a un sonámbulo con una patadas en la cara.

Cuando la cofradía encuentra a algún sobreviviente que se vio involucrado de forma directa con folklore, se le dan dos opciones. La primera, y la más frecuente, olvidar todo. Pseudociencias proporciona un suero alquímico del olvido que borra por completo todo lo relacionado a la experiencia; si acaso solo permanecen retazos que se asocian a pesadillas. Por otro lado, cuando la Cofradía detecta que el sobreviviente tiene aptitudes preternaturales; lo que entre los folkloristas se conoce como gracia, se da la opción de unirse a las filas. Y cuando has perdido lo suficiente: amigos, familia, cordura… la segunda opción suele ser elegida.

—Oí que trajeron a algunos vampiros —un chico de tez oscura le susurraba a una joven de ojos verdes, ella no parecía tener intención de mirar a nadie más que no fuera Ludovic. La palabra vampiro le hizo frunció el ceño—. Llegaron antes que nosotros, para ponerles un collar como el de él. Al menos, fue lo que oí.

—Creí que los habían matado a todos —respondió la joven entre susurros, Ludovic podía oírlos como si estuviera junto a ellos—. Él y la chica de acento raro que lo acompañaba. ¿Por qué los trajeron? ¿Para qué esos esos collares?

Ambos hablaban britanio, un idioma que Ludo aun no dominaba bien pero podía entenderlos gracias al sigilo babilónico en su mente.

—Él no es humano, aunque tampoco es vampiro… o caín, creo que aquí les dicen así, podía andar en el sol sin problemas. Pero no sé lo que es.

La chica suspiró, tenía el rostro hinchado y demacrado, como si hubiera pasado noches en vela, llorando. Llevaba su cabello rubio en una coleta despeinada que se veía algo enredada.

—Me interesa poco si no es un vampiro —dijo por fin apartando su mirada—. Desde que llegué aquí tengo pocas cosas en mi cabeza, que estoy recién casada y viuda, y que estoy a punto de convertirme en una especie de policía sobrenatural... o preternatural como dicen aquí. —aseguró mientras se quitaba una argolla dorada del dedo anular y la hacía girar entre sus dedos.

El chico se mantuvo en silencio por unos segundos antes de posar con duda una de sus manos en la espalda de la rubia.

—Tú… ¿por qué decidiste venir? —preguntó la joven. En definitiva ninguno de los dos volvió a mirar a Ludo—. ¿También perdiste a alguien?

El joven frunció sus gruesos labios desviando sus ojos al suelo.

—Yo y un grupo de amigos pensamos que sería buena idea celebrar nuestra graduación en un crucero, menuda mierda de idea que fue.

—¿Eran cercanos?

El chico negó con la cabeza.

—No realmente, pero… no puedo simplemente volver atrás, no después de algo como eso. Dijeron que podían borrarnos la memoria, pero no me imagino andando por ahí con la ignorancia y posibilidad de que un monstruo pueda matarme y que a nadie le importe… Además, ahora tengo menos amigos.

—Te entiendo…

Se hizo un silencio entre los dos. Ludo creyó que había sido todo, así que volvió a reclinarse sobre la rígida silla metálica y cerró los ojos. La voz de Monad se escuchaba cada tanto, mencionando nombres y apellidos desconocidos. Ludovic veía cómo, uno a uno otros reclutas se levantaban, al fondo, junto a unas puertas dobles los esperaba un galeno.

El joven de tez oscura volvió a hablar.

—Volviendo a lo de los monstruos y collares…

Ludo entreabrió uno de sus ojos celestes viendo como el chico le señalaba con un movimiento de barbilla.

—Lo que intuyo es que estos... folkloristas se ayudan de monstruos para combatir a otros monstruos —explicó—. Y creo que ese collar es para mantenerlos controlados.

—Usar fuego contra fuego… —las piernas de la rubia, que hasta hace poco permanecieron quietas, empezaron a bailotear—. No mencionaron nada de eso cuando me hicieron firmar todo ese montón de papeles. Me prometieron enseñarme a matar vampiros y otras cosas, no dijeron nada sobre trabajar junto a ellos. De haberlo sabido habría elegido olvidar.

Las puertas del fondo se abrieron de par en par y de ellas salieron dos galenos, uno de ellos empujaba a un chico inconsciente en silla de ruedas: uno reclutado, su piel estaba pálida y sudorosa, el otro galeno revisaba el goteo de un suero que llevaba conectado a uno de sus brazos. La rubia y su compañero no parecieron perturbados por la imagen, en realidad la rubia volvía a tener interés en Ludo. Lo señaló con otro ademán de cabeza.

—¿Seguro que no sabes lo que es él? —preguntó.

—Creo que oí a alguien mencionar la palabra íncubo.

Ludo sonrió al pensar que sus oídos por fin tenían competencia, eso, o se trataba de una de las personas más chismosas, por lo menos podía darle crédito de enterarse de tanto en tan poco tiempo.

—¿Un íncubo? —preguntó incrédula—. ¿No son esos demonios del sexo o algo así?, ¿también existen esas cosas? —el chico se encogió de hombros.

Cando menos se dio cuenta Ludo había empezado a tamborilear sus dedos sobre la superficie fría de su gargantilla. Recordó el momento en el crucero cuando se él y Charlotte se vieron rodeados por la corte de caínes, como Charlotte no dudó nada ante la idea de liberarlo, Ludo tuvo que sugerirle cambiar la narrativa ante el consejo, él ya estaba acostumbrado a las amonestaciones y castigos.

CERBERO 03346 LUDOVIC VALMONT.

La voz de Monad le provocó un espasmo de sorpresa.

Se había ensimismado tanto en la conversación de los reclutas que olvidó la razón por la que estaba ahí. Caminó hacia las puertas del fondo.

El ala galena de la cofradía era una de las áreas que más desentonaba con la arquitectura gótica del claustro, ingresar ahí era como hallarse dentro de un moderno hospital, pero a menor escala. Las paredes blancas y las luces incandescentes distaban mucho de los arcos apuntados y los intrincados candelabros que abundaban por el castillo subterráneo.

Un asistente de galeno le entregó una bata, pasó un escáner por su gargantilla y por el reloj de su muñeca provocando un doble ¡pip!. La tableta electrónica en sus manos mostró los datos básicos de Ludovic junto con una foto suya, algo desactualizada. Arriba de la fotografía se leía en letras grandes: Oniriano / Íncubo.

El asistente lo detuvo antes de seguir caminando.

—Un momento —le avisó revisando su tableta—. La paladín Jolane te verá antes de tu revisión.

—¿La paladín? —preguntó extrañado.

El asistente lo acompañó hasta una puerta indicada con un gran numero tres.

—Estará contigo en un momento —dijo al abrir el cubículo invitándolo a pasar.

La puerta se cerró a espaldas de Ludovic, quien se encontró con el mismo mobiliario que ya conocía de memoria debido a sus frecuentes visitas.

Tal como lo mencionó a Charlotte, Ludo no tenía ningún problema con asistir a sus revisiones. Los galenos y los alquimistas eran más cordiales que muchos folkloristas pues están acostumbrados a tratar con cerberos, además, visitar el ala galena significaba que obtendría su malteada. Pero lo más importante para Ludo era que la oportunidad de ver a su amigo NovaTec, aunque ya se había hecho a la idea de que no lo vería esta vez, pues seguía ocupado resolviendo el problema de los caminos y la torre de los videntes.

Ludo estaba consciente de que el hecho de que NovaTec halla sido su galeno por decadas era más que nada por su amistad, no era como que el líder de Pseudociencias fuera a tener siempre tiempo para él. Y además, ya le había causado suficientes problemas con ayudarle a que su cabeza siguiera pegada a su cuello, sobre todo después de lo que ocurrió en el crucero Leviatán.

Ludovic sacó las manos de la bolsa cangurera de su suéter y observando con decepción el montón de paletas de uva que había guardado consigo desde que salió de su dormitorio.

Suspiró al preguntarse si habría sido una pérdida de tiempo comprar una bolsa entera.

NovaTec dejó de ser un cerbero hace mucho tiempo, con un rápido vistazo al cuello de ambos bastaba para dejarlo en claro.

Colocó sus audífonos sobre la camilla y se retiró el suéter. El espejo frente a él reflejó su pálido torso atlético, sus músculos solían disimularse bajo su habitual ropa holgada.

Sus dedos rozaron las huellas aun visibles que dejaron los cortes y cicatrices de balas que aún se veían surcando su pecho. Las heridas sanaros desde hace días y las sutiles marcas que quedaban se disimulaban bajo su oscura sabana de vello. Los cortes en sus costillas también casi se habían difuminado, junto con el tajo sobre su ombligo; el mismo que le mostró a Charlotte en su cuarto, este aún se veía enrojecido. En seres como Ludo, las heridas de armas con aleación preternatural tardaban más en sanar.

Miró el reflejo de su rostro al enderezarse y pasó una mano por su barba incipiente, se veía un poco más densa que ayer. Imaginó que Micolash no tardaría en pedirle que se rasurara antes de salir a Zan Mar Tyn, a pesar de que su mismo maestre sabía que su factor regenerativo haría que su barba volviera a verse incipiente en algunas horas.

El celeste de sus ojos se veía deslavado, y sus ojeras pronunciadas. Estaba hambriento, y el pitido que emitía su collar con más frecuencia lo reafirmaba.

Pasó la mano por su abdomen, sintiendo el relieve de la cicatriz bajo el vello que la cubría, después paso sus dedos por el frío collar que se aferraba a su garganta. De no ser por ese pedazo de metal no tendría por qué depender de alguien que lo alimenté cada tanto a base de malteadas.

Recordó una frase que solía escuchar demasiado cuando aun era un novato insubordinado: “Un buen perro guardián siempre porta su collar.”

Se quitó los tenis que llevaba sin calcetines y después sus pantalones quedando únicamente en boxers los cuales no ocultaban su evidente problema. Bajó su mirada encontrando como la tela gris estaba al limite de su elasticidad. Incómodo, deslizó su mano dentro tratando de ajustar su erección hacia un lado de su cadera, pero el roce solo provocó que empeorara su dolor.

Tenía tanta hambre.

Bien pudo haber buscado a alguno de sus colegas con beneficios, algún folklorista que no fuera de opiniones fascistas respecto a los cerberos, tener un un acostón antes de su malteada. Cualquiera con tres dedos de frente sabría que un íncubo cautivo no significaba que este se mantendría en celibato. Tal vez Ludovic no podía alimentarse con normalidad, pero al menos el sexo casual le quitaba un poco el hambre, además de mejorar su humor... a veces.

Una mujer entró cuando Ludo acababa de ponerse su bata clínica, una folklorista, sus ropas tenían un diseño más caballeresco y elegante de lo normal, la paladín Jolane. Similar a Micolash, la folklorista llevaba insignias y medallas que colgaban de sus solapas. Ludo no pudo evitar suprimir una mueca de disgusto cuando notó los aretes plateados en forma de arañas que brillaban por debajo del cabello rubio entrecano de Jolane, esta pareció notar la reacción del íncubo pero lo ignoró.

Ludovic se paró en medio del cubículo, junto a la mesa de exploración, y colocó sus manos tras la espalda, tal como se suponía debía hacerlo cuando NovaTec no estaba presente.

—Solo voy a hacerle un par de preguntas y a compartir una notificación —aseguró Jolane, esta tomó asiento en la única silla presente.

La mujer, con facciones marcadas por la edad, sacó una carpeta de argollas que apenas y cerraba por la cantidad de documentos en su interior. Comenzó a hojearlos. El nombre de Ludovic y su matrícula 03346, aparecían en el exterior.

—Señor Valmont, su archivo indica que en el pasado ya ha sido tutor de cerberos novatos —aseguró Jolane sin apartar la vista de los papeles—. Debo aceptar que me fue inesperado descubrir que fue tutor del maestre NovaTec cuando este recién salió de la Perrera.

—Doctor NovaTec —corrigió de inmediato—, no le gusta que le digan maestre.

Jolane le dedicó una mirada inquisitiva.

—Y sí… —continuó Ludo—, pocos se creen que fui yo quien cuidó del cerbero prodigo de catafractos antes de que se convirtiera en el genio de pseudociencias que todos conocen.

—Y el único pupilo que sobrevivió después de su primer año  —aseguró Jolane todavía revisando la carpeta—. Dejaron de seleccionarlo como candidato después de su tercera tutoría.

Ludo se encogió de hombros.

—Me dijeron que ya no creían que fuera un buen ejemplo para los cachorros —hizo un gesto de comillas con los dedos al decir la última palabra.

—Pues su descanso ha terminado. El consejo y los pilares han hablado con la academia de cerberos, todos coinciden que ya es tiempo de que se le asigne un novato a su cuidado, esto como parte de su programa disciplinario derivado de su último caso.

Jolane extendió otra carpeta, una más nueva y con menos contenido. Ludovic la tomó. Estaba tan cansado y hambriento que no tenía ánimos de replicar. Leyó el nombre Victoria de Alba junto a una fotografía de una hermosa pelirroja que le pareció conocida, aunque lo que más llamó su atención fueron las palabras: Humana maldita / Maleficarum.

Ludo arqueó sus pobladas cejas, resultaba obvio que se trataba de una reclutada del crucero, la única sobreviviente maleficarum del pequeño grupo de usuarios de magia que acompañaban a la corte de los marea roja.

—¿Van a asignar a una usuaria de magia a avistamientos? —preguntó confundido—. Fácilmente podrían aceptarla en el circulo de pacificadores o catafractos. Además, apenas inició su programa en la academia.

—Tiene un talento innegable, por lo que no creemos necesario que lleve todo el programa. Por otro lado, su comportamiento es difícil. Llevará la tutoría a la par de su formación—explicó Jolane antes de levantarse de la silla.

—Ya veo —sonrió con ironía—. ¿Y creen que asignarla al cerbero con menos disciplina sea buena idea?

Jolane le arrebató la carpeta y se encaminó a la puerta, se detuvo justo antes de tomar la perilla. Volteó hacia Ludovic y le dedicó una sonrisa cargada de soberbia.

—También es una prueba para usted, señor Valmont. No tiene idea de la suerte que tiene de seguir con tanta libertad entre nosotros, y parece que ya se le olvidó lo que ocurría en el pasado con los cerberos que se quitaban su collar sin el debido protocolo.

La sonrisa de Ludo desapareció al igual que sus hoyuelos.

La paladín abrió la puerta, dejando entrar el aroma a desinfectante junto con el ruido del pasillo.

—Tal vez a usted no le pesen las consecuencias de sus actos, pero su compañera estaba a punto de ser promovida a catafractos —los ojos de Ludovic se iluminaron, aunque el brillo desapareció cuando comprendió mejor las palabras—. Gracias a usted, seguirá siendo una simple avistadora. Si tiene suerte tal vez en algunos años le ofrezcan un puesto administrativo en otro circulo. —la paladín barrió a Ludovic con su mirada— El talento de una excelente artillera desperdiciado por las acciones de un tonto perro pretencioso que no es capaz de entender su lugar.

Con esas palabras, Jolane cerró la puerta, dejando a Ludovic rodeado por el eco de sus pensamientos.

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