8 - DJ
—Aquí tampoco te estás perdiendo de nada —escuché decir desde el altavoz del teléfono—, la misma mierda de siempre. De hecho, te salvaste de vivir el horror de anoche.
—¿Estreno? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Estuve planeando los días que pediría de vacaciones con atelación de modo que pudiera salvarme de ese fin de semana de estreno.
—Si wey, y además, una de esas pinches películas de romance juvenil. El cine estaba hasta la madre de morras preponas, te lo juro, se podían oler las hormonas por sobre el aroma de las palomitas —me fue imposible evitar soltar una sonrisa de satisfacción—. Terminé llegando a casa hasta las tres de la mañana, estaba tan muerto que caí en la cama con todo y uniforme.
—Pero si te sueles dormir en la sala de proyecciones —afirmé mientras aún intentaba peinar mi cabello frente al espejo del baño—, ¿no pudiste hacerlo durante la película?
—¡No!, justo ayer me cambiaron a la cafetería, pusieron a Luis y Alfredo en proyecciones —sonaba irritado.
No era necesario imaginarme lo que había pasado, era algo que había experimentado muchas veces, razón por la que me divertía escuchar las desgracias de mi amigo, por fin podía burlarme desde el exterior. Pasar todo un fin de semana atendiendo la cafetería de un cine, vendiendo comida de porquería a precios exagerados, además de tener que soportar clientes pretenciosos con egos alzados. Si pudiera comparar al infierno con algún lugar en la tierra sin duda sería el cinema Taboada.
Simón y yo llevaba más de veinte minutos conversando, sin ningún tema en particular, esto después de que descubrí el teléfono inalámbrico empotrado en una de las paredes de la cocina, me sorprendió que diera tono cuando lo levanté.
Lo primero que pensé fue en llamar a mamá para preguntarle cuanto tardarían en volver, pero me sentí como estúpido al recordar la falta de red de celular que tenía Zan Mar Tyn. Preferí mejor hablar con Simón y la verdad disfruté de su conversación banal, nos vimos el día de ayer pero aun así, se sentía como si estuviéramos frente a frente, como cualquier día tras el callejón del cine donde solíamos juntarnos durante nuestros turnos, un tiempo de respiro fuera de la presión que a veces sentía con mamá y la responsabilidad de cuidar Rafa.
—¿Sabes qué es lo peor de todo?
—¿Hmm? —pregunté aun con mi atención en desenredar mis cabello.
Decidí volver a la ducha una vez terminé de barrer y levantar los pedazos de vidrio del vaso que rompí.
El agua se sentía pesada. No importaba cuanto me enjuagara seguía sintiendo arenilla de mi piel y entre mi cabello, era como si el agua tuviera sedimentos, incluso olía rara, como perfumada.
Mi cabello oscuro que solía caer ondulado sobre mis orejas y frente ahora se veía tieso como la paja.
—Me tocó quedarme a limpiar después de la última función. Cuando fui buscar a estos pendejos para decirles que ya podíamos irnos me encuentro a los muy hijos de puta bien grifos —la voz de Simón ascendió varios decibeles—, los desgraciados se habían a fumar sin decir nada, ni siquiera se molestaron en guardarme una bacha. Malditos perros.
Solté una carcajada.
—Estoy seguro esa hierba se las vendiste tú.
—Si, pero ese no es el punto, eso es traición. No sabes cuánto deseaba un toque después de ese infierno. Sabes a lo que me refiero, ¿no?
Personas como Simón hacían que un empleo de mierda fuera algo llevadero.
Como había dicho, el callejón trasero junto a la bodega era nuestro sitio, el lugar donde solíamos echar un pitillo antes de que cada quien partiera hacia su casa. Era buen compa’, tal vez su único defecto era que a veces no sabía como cerrar el hocico, sobretodo cuando andaba marihuano..., pero conseguía buena hierba.
—Oye, no tienes idea de la calidad de producto que me llegó hoy, es una lastima que no estés para probarlo —otra de las mayores virtudes de Simón era que solía tener buena hierba.
—Ya probaré cuando regrese.
—Dudo que me dure tanto, pero trataré de conseguir de lo mismo cuando regreses.
—Logré traerme un poco a escondidas —afirmé.
—Hiciste el truco del zapato ¿verdad? —eso fue más afirmación que pregunta. Yo solo reí siendo eso suficiente para responderle a Simón.
Seguimos hablando de pendejadas por un rato, aunque en realidad solo estuve escuchando a Simón cantinflear mientras yo reía cada tanto. Yo todavía intentaba desenredar mi cabello.
Imaginé que por la distancia que nos separaba me salvaría de su pregunta, pero por supuesto que ni siquiera dejaría pasar al menos un día sin hacerla.
—Oye, ¿y ya te decidiste sobre el Jauja Fest?
Ignoré su pregunta de forma olímpica, pero por supuesto Simón no lo dejaría pasar.
—¿Migue?, ¿sigues ahí?
—Si.
—¿Y bien?
—Aún sigo pensando —respondí tratando de esconder mi fastidio.
—¿Pensar qué?, faltan tres meses. El vato me volvió a llamar hoy en la tarde, dijo que no le has devuelto la llamada, tuve que dar de excusa que saliste de la ciudad y que de seguro no tenías señal.
—Pues no es excusa, es la verdad.
—¡Tienes que responderle que sí!
—Para ti es fácil decirlo, nunca has estado frente a tantas personas, ¡miles de personas! Hasta ahora solo me han escuchado... cien a lo mucho.
Era Simón a quien le argumentaba, pero a quien tenía de frente era mi reflejo, ver mi ceño fruncido, ver como me devolvía mi propia mirada de abdicación provocaba que mis propios pretextos se sintieran aun más pesados.
—Eres bueno, Miguel. Fue un puto organizador el que te escuchó esa noche no cualquier pendejo. Maldita sea, QUIEREN que seas uno de los telonero. ¿En serio vas a desaprovechar esta oportunidad?
—No tengo nada nuevo.
—¡No mames, Miguel! Pinche mentiroso, la ultima vez que viniste a mi casa dejaste tu computadora abierta, encontré esa nueva rola, no está terminada pero está tronadizima.
Apoyé mis palmas sobre el filo del lavamanos y exhalé. Mi boca se sentía seca. No dejaba de sacudir una piernas y mis dedos tamborileaban de ansiedad.
—Metiche... —susurré—. El lugar donde montarán el festival está a tres horas de mi casa, tendría que faltar por lo menos tres días al trabajo, ni de pedo me van a dar permiso si acabo de pedir vacaciones —bajé mi mirada hacia el teléfono, como si al hacerlo esperara encontrar la mirada inquisitiva de Simón—, y no puedo dejar a mamá y a Rafa solos por tantos días, mamá dobla turnos con más frecuencia que yo, ¿quién cuidaría de mi hermano?
—Te presto algo de lana para qué contrates una niñera, sabes que no hay pedo, en esos tres días ganarás más plata de lo que sacas con tres meses de sueldo. Y si la cosa sale como yo imagino jamás tendrás que volver a pisar el cinema.
Ahogué un gemido de frustración y me incliné aún más sobre el lavamanos.
—¿Miguel?, ¿¡Miguel!?
Tomé el teléfono desactivando el modo de altavoz.
—Dame unos días más para pensarlo.
La bocina quedó en silencio y por un momento creí haber presionado el botón equivocado.
—Mas te vale que regreses ya con una respuesta... y que sea positiva. Trataré de seguir mareando a ese wey, le diré que estás trabajando en algo nuevo y por eso aun no puedes decidir.
Asentí, aunque no había nadie viéndome.
—Te dejo Miguel, es el cumpleaños de mi viejo y necesito pachequearme un poco para poder aguantar a mis tíos, son inmamables —pude oír el sutil ruido de un encendedor desde el otro lado de la línea.
—Hablamos.
—Adiós, hermano.
Seguí de pié frente al espejo aún después de terminada la llamada.
Después de que abandoné la universidad Simón fue de las primeras personas que escuchó mi música, puede decirse que fue él quien me animó a seguir haciéndolo cuando yo ya había perdido interés. Fue gracias a su insistencia y a su círculo de conocidos lo que me ayudaron a llevar mi música a fiestas y uno que otro evento sordeado. Con cada tocada sacaba algo de dinero extra, nada del otro mundo, pero al menos mi billetera ya no se sentía tan vacía entre quincenas.
Algunas veces, la gente ni siquiera se percataba de que había un DJ en vivo, ya fuera porque estaban pedos o por causa de alguna que otra sustancia que mareaba.
La verdad nunca esperé nada de esas tocadas, nada que no fuera más que divertirme. Hacía música de vez en cuando, de repente tocaba en algún rinconcillo de la ciudad, y lo mas importante, por algunas horas lograba distraerme. El panorama cambió cuando este sujeto apareció al terminar el último evento en el que fui DJ, era un tipo que vestía demasiado fancy para el lugar, lo importante es que se mostró muy interesado por mis rolas.
Mamá por supuesto que no sabía nada de esto, pero estoy consciente de que no estaría de acuerdo, conociéndola diría que no es un trabajo de verdad. Justo por ese tipo de opiniones suyas fue que me metí a la carrera de ingeniería de sonido en vez de música, aunque eso ya ni importa ahora.
Pero para nada me entusiasma la idea de seguir siendo un empleado de cine, o en cualquier otra clase de trabajo de mierda. Pero vivo en Aztlán, el país de los sueños rotos para los perdedores y de las oportunidades para los privilegiados.
Y luego estaban además estos jodidos pensamientos de los cuales no me siento orgulloso, y que nadie sabe de ellos. Fuera del cariño que le tengo a Rafa de verdad odio las situaciones que me hace pasar; tener que estar al pendiente de él todos los días y a todas horas, compartir habitación con él, estar rodeado de sus equipos y medicamentos, que no hay un día en el que no me drene mi dinero, tener que acompañarlo a sus terapias cuando mamá no puede; lo cual es casi siempre, pero sobre todo odio tener que haber dejado la universidad por su pinche enfermedad.
Pero si esto es cierto, si tan solo la posibilidad es real, podría llegar a tener el dinero suficiente para cubrir varios de sus tratamientos, a lo mejor mamá podría regresar a su trabajo en la universidad. Yo volvería a ser dueño de mi tiempo, de mi espacio, incluso capaz y podría vivir por mi cuenta, en un lugar no muy lejos de mamá y mi hermano, claro.
Aun con todas esas ideas aleteando en mi cabeza, empecé a vestirme. Terminé rindiéndome con mi cabello. Ahora me desconcertaba la resequedad de mi piel, la tez acanelada de mi rostro ahora se veía terrosa y con algunas marcas rojas, igual a pequeñas quemaduras, como cuando al estar cocinando te caían gotitas de aceite hirviendo en el brazo y mano... pero la ultima vez que yo cociné fue hace tres días.
Le dí un ultimo vistazo a esas marcas en mi torso y me puse mi playera.
«¿Tía Susana tendrá alguna crema por aquí?» me pregunté mientras abría algunos cajones.
Por unos unos breves segundos la imagen del espejo se transformó en mi versión de hace unos años atrás, yo, con piel más sana y aperlada, un cuerpo menos delgado y más definido, y una sonrisa que rara vez desaparecía de mis labios.
«Tal vez dentro de poco…» me dije en mi cabeza.
Apagué la luz del baño antes de salir. Un escalofrío me erizó los vellos ante el repentino recuerdo de las garras adentrándose bajo mi piel, me pasé la mano por detrás de mi nuca como si intentara atrapar algo que sabía no estaba ahí.
Me la pasé haciéndome pendejo por más de media hora antes de decidirme que sería bueno salir a dar una vuelta. Dudaba que volvería a tener una oportunidad así, pueblear solo y de noche.
Recordé que en la misma pared de la cocina donde encontré el teléfono también colgaban unas llaves, suponía serían las copias de las originales. Las tomé.
No tenía idea de cuánto tiempo pasaría afuera, ni cuanto tiempo más tardarían en volver mamá y Rafa, así que escribí una pequeña nota que dejé sobre la mesa avisando de que saldría a caminar.
Busqué una sudadera y mis audífonos antes de partir del departamento.
Ya afuera me seguía resultando raro que las calles siguieran tan vacías, la noche agregaba un aire tétrico.
Caminé unas cuantas calles pensando que no tardaría en encontrarme con alguien, pero no, conforme seguía avanzando por las cuadras mis pasos eran los únicos que emitían ruido. Casi era media noche, a esas horas ya debería de haber gente en sus casas, si algo caracterizaba a la gente del pueblo era el ser madrugadores, dormir temprano para levantarse temprano, el problema era que a este pueblo le faltaba la gente.
Fuera de eso, las calles vacías me dieron la libertad de rayonear mi firma por algunas esquinas.
En cierto punto me topé con una farola titilando. Las sombras se alargaban y acortaba produciendo curiosas siluetas en las paredes. Saqué el plumón que llevaba en mi suéter y con mi clásica letra curveada escribí MIGUE sobre el poste, enceré las letras dentro de unos auriculares de diadema. Si regresaba sobre mis pasos se podrían encontrar dibujos similares por algunos sitios por los que había pasado. Le di una atenta mirada al grafiti al terminar, la luz, la fachada del fondo y la banca de concreto que se hallaba al frente daban un aspecto chulo, casi imaginaba la escena en una carátula de canción.
—Oye… —se me prendió el foco con la idea.
Saqué el celular de mi bolsillo que llevaba reproduciendo una playlist de dark electro que descargué la noche antes de salir de Palenque.
Esperé el momento exacto en el que la lámpara dejó de titilar y tomé una ráfaga de fotografías.
Fui eliminando las que me parecieron malas. Cuando apenas me había sentado en la banca me encontré con una foto que me erizó los vellos de punta. Quedé congelado viendo la pantalla, confundido, como si me acabara de encontrar con algo incomprensible. Mis manos se aferraron al móvil y acerqué mi cara hasta quedar a una palma de distancia de la pantalla, incluso hice zoom.
En la imagen, justo en la banca en la que estaba sentado se encontraba una mujer joven, de piel pálida, casi del mismo tono que el de las prendas que apenas cubrían su delgado cuerpo. En su espalda colgaban unas alas blancas de imitación, y una aureola metálica sobre su cabello rubio coronaba. Igual como las personas que vi en el desfile.
Me levanté de un salto volteando a todas direcciones. Mis auriculares resbalaron de mi cabeza, sintiendo de inmediato el silbido del aire helado.
La calle seguía vacía, aunque eso en vez de tranquilizarme aumentó mi ansiedad. Muy en la lejanía se alcanzaba a escuchar los murmullos de la música que suponía venían de la explanada.
Tomé mi celular que dejé caer al suelo cuando me levanté de la banca. Revisé las imágenes restantes, pero en ninguna otra aparecía esa rubia. Y cuando intenté ver de nuevo la imagen en la que sí apareció el icono de archivo corrompido. Abrí y cerré la galería, incluso reinicié el celular pensando que había sido un error por haberse caído, pero no, siguió igual, era la única imagen que no se podía volver a ver.
Caminé alrededor de la banca, pues no me animaba a sentarme de nuevo.
«¿Lo imaginé?»
No era como si de pronto, en una fracción de segundo, una chica random hubiera salido de la nada, hubiera tenido el tiempo suficiente para sentarse en la banca y luego irse esconder entre las piedras o yo qué putas se.
—¡Error de imagen la chingada!
Mi celular era viejo y se veía como la mierda, pero funcionaba bien.
Terminé con una jaqueca a causa de tantos pensamientos.
Al final tuve que tragarme la excusa de que todo fue una mamada de mi celular, más que nada porqué comenzó a darme una jaqueca.
Ya más calmado volví a las calles tratando de olvidar lo ocurrido, aunque de vez en cuando la imagen desenfocada de la chica volvía a aparecer en mi cabeza, como un rayo de luz que me deslumbraba a pesar de tener los párpados cerrados.
Dejé de prestar atención a las dirección que tomaba por andar en la pendeja, de repente no tenía idea de donde estaba, terminé tomando tantas vueltas entre las calles y callejones que perdí mi ruta. Frente a mí se hallaba uno de los límites del pueblo.
Durante un rato solo me limité a observar el paisaje árido entremezclado con la oscuridad de la madrugada. El viento me empujarme un poco ocasionalmente, cómo si me invitara a seguir caminando e internarme al desierto.
Quedé hipnotizado con el panorama de estrellas. Daba la impresión que si usaba una escalera con la suficiente altura podría llegar a alcanzarlas. Allá en Palenque no era posible ver algo así.
Se alcanzaba ver un tronco no muy lejos de donde terminaba la calle. Decidí ir a él a sentarme. Me quité uno de mis tenis y levanté la plantilla para revelar un pequeño compartimento en el que había puesto un viejo estuche de dulces en donde guardé un hitter y una pequeña ración de hierba. Sonreí al recordar cuando vi a Simón hacer lo mismo. La primera vez que lo intenté terminé destrozando uno de mis tenis, corté de más la suela.
Levanté la mirada hacia las estrellas y pensé en mamá, en específico en su antiguo trabajo de la universidad. Teniendo un cielo así todas las noches no resulta difícil imaginar el por qué quiso dedicarse a la astronomía.
Volví a reproducir la música en mi celular y encontré la canción de la que me habló Simón, la que halló en mi computadora. Se trataba de esta idea que me surgió después de que descargué varios samples de libre uso y entre ellos venía uno de cantos gregorianos. Se me ocurrió usarlos y empece a hacer algo de dark wave, fui sintetizando sin ningún plan en concreto pero nunca lo llegué a terminar.
Acabé de quemar lo que metí en el hitter y maldije al darme cuenta de que había sido un imbécil al no cargar con un bote de agua, mi lengua se sentía como una lija.
Miré la pantalla de mi celular y me espanté al descubrir que ya pasaba de la una de la mañana. Imaginé que mamá y mi tía ya habían regresado y de seguro estarían con el grito en el cielo por no saber donde estaba.
Volví a la calle por la que llegué al yermo sin poder evitar dar pasos torpes por aun andar fumado. Mis ojos se sentían pesados y mi cerebro algodonado, traté de aclararme la vista tallándome los ojos y cuando por fin pude fijar mi mirada tuve que detenerme en seco.
Había una persona frente a mi, de espaldas, a unos metros de distancia, de. Lo primero que supuse fue que se trataba de algún habitante, alguien que por fin había vuelto del festival.
Me fui acercando y la silueta se fue haciendo más nítida. Podría jurar que sentí el momento exacto en que mi corazón pegó un vuelco.
Se trataba de la chica de antes, la que apareció en la banca, pero ahora se hallaba de pie mirando perdida hacia algún punto del otro extremo de la calle. Las vaporosas gasas que la cubrían se elevaban ondeantes por el soplo del viento, al igual que sus alas. Las luces de la calle arrojaban una sombra tan larga que casi tocaba la punta de mis pies.
Cuando parecía que la chica estaba a punto de voltear, un fuerte ventarrón levantó una densa nube de polvo que me obligó a cubrirme el rostro. Una vez que el viento se calmó no encontré rastro de la chica, solo un par de plumas blancas que cayeron cerca de mis tenis.



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